Tres centímetros
Subía de guardar las cosas navideñas del trastero cuando empezó a nevar. Traía dos horas de retraso con la hora esperada, pero llegó, como una costumbre que no llega a apetecerme demasiado, como esas cosas que aceptas con más resignación que devoción. La nieve ha dejado de impactarme.
El día de navidad salí de casa y unas horas después, con un avión de por medio, estaba en algún lugar del país donde las navidades se pasan en bermudas y manga corta (cuando no en bañador). No sentía frío, aunque sí una sensación extraña por vestir esa ropa en navidad. Eso sí que es impactante. Una situación anómala que acarrea problemas a largo plazo, cuando regresas a casa después de pasar la última semana del año en bermudas y manga corta (cuando no en bañador) y te encuentras con unas temperaturas aún más bajas de las que dejaste y con los tiestos encharcados de agua de interminables lluvias. Yo pensaba que eso sería lo peor: la vuelta. Pero no, hay algo más peor: tener que planchar esas bermudas y esa manga corta mientras nieva, recordando que hace no muchos días vestía esa ropa agradecidamente frente al sol.
Al amanecer del lunes recordé, al ver el estado congelado de la calle, que en algún lugar del trastero había una caja con unas botas, unas Panama Jack, que deseché alguna vez al notar que pesaban más que yo. Bajé de nuevo al trastero y las subí. Al calzármelas noté algo diferente; anduve por casa para saber qué era y descubrí en primer lugar que estaba tres centímetros más alto que habitualmente, lo que me hizo sentir bien y mal, a partes iguales. La segunda era que, por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba sujeto al suelo; que hiciera lo que hiciera no me caería. Salí a la calle y comprobé que la segunda sensación era solamente eso, una sensación, porque ayudaban poco a no resbalar.
Durante este año pasado he comprobado que la nieve, como fenómeno meteorológico, ha conseguido el control sobre una parte de mi mente. Con los primeros copos se activa automáticamente el botón rewind, llevándome a un punto concreto desde el que partir mentalmente. Y en cada una de las nevadas me he resistido con fiereza a quedarme en ese punto nuevamente, terminando en un tercero, indeterminado, a medio camino. Pero esta vez no. Esta vez he decidido quedarme, consciente de que si vuelve a nevar el viaje será corto. Y de que si no nieva, al menos habré sido tres centímetros más alto.
Año de nieves
Llevo todo el año esperando que llegue hoy: el día en el que acaba el desdichado 2009. Los controladores aéreos pretenden que me dure una hora más, pero para nuestra suerte el viernes será día uno “aquí y en la China”.
Feliz 2010!
Mucho por hacer
Porque de ti volví a aprender el nombre de las cosas,
porque de ti volví a aprender lo necesario: pan, casa, destino, camino.
De ti volví a aprender, del bosque de tu alegría,
de manos de tu sereno misterio.Aprendí a sumar lo lógico y lo incierto, a poner la mesa.
Aprendí a tolerar la presencia necesaria de las arañas.
Aprendí a soportar sólo lo soportable.
Y quedaba mucho por hacer,
rechazar el tedio, luchar contra él.
Y quedaba mucho por hacer…
Limpiar de malas hierbas el prado, arrancar las rejas y cercados,
hacer montones: perros con gatos, hacer montones: soles y estrellas,
borrar las señales de vuelo para que los pájaros sean dueños del cielo.
Y quedaba mucho por hacer.
Del bosque de tu alegría
Manolo García
1998, Arena en los bolsillos
Lustroso
Lustro.
(Del latín lustrum).1. m. Período de cinco años.
Diccionario de la Lengua Española.
Vigésima segunda edición.







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