Oso perezoso
Mi amigo Casper y su mujer se fueron de viaje de novios a Costa Rica. A su vuelta nos invitaron a casa a cenar y nos tocó sufrir la sesión de fotos del viaje. Yo quería ver las de la boda, donde salíamos nosotros bastante perjudicados, pero nos pusieron los cienes y cienes de fotos del viaje. Empezaron antes de la cena, siguieron pasando durante la cena y al terminar, aún seguían en la pantalla. En la tanda de sobremesa apareció una foto de un oso perezoso.
Casper: Mira, es un oso perezoso.
Yo: Y qué es un oso perezoso?
C: No sabes lo que es un oso perezoso? ―así como ofendido/sorprendido.
Y: Pues no; no lo había visto nunca ―no me suena ni de Barrio Sésamo ni de los libros del cole ni de nada.
C: Pues tío, un oso perezoso, está en las ramas, come hojas y anda así ―aquí Casper imitando al oso perezoso.
Y: Ah! Sí, ya caigo ―esto lo digo mucho cuando quiero terminar una conversación que puede acabar mal y que no aporta nada a nuestras vidas.
El oso perezoso. Así llevo desde primeros de año, porque no es normal que en quince días me haya hecho solo dos kilómetros nadando y, lo peor, me cueste mucho, me canse y tenga la sensación de haber cruzado el estrecho dos veces, como David Meca, cuando no he nadado ni media hora. Salgo de la piscina más cansado que entro y tengo agujetas de color de rosa desde hace como diez días y no acabo de recuperarme. Si no es la piscina es el pádel y si no, el remate del tomate, la Wii. Cómo es posible que tenga agujetas por jugar cuarto de hora a la Wii?? Pues las tengo. Debe ser la edad.
Y claro, a esta sensación no ayuda nada que en un par de semanas vaya a ser un año más viejuno, que tenga el runrun de la varicela, que me queden dos años y que este domingo sea tercer domingo. Qué hago? Salgo para distraerme? El problema es que últimamente no entro… La cuesta de enero, pero física. Solo me falta comer hojas.






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